Aguas abajo

100 que creaba lentas o rápidas pompas de jabón irisando sus colores. Nunca supo cómo se llamaba, quién era, de dónde venía. Un domingo no apareció. Ni otro. Ningún otro. Una chiquilla apuntó: —¿Qué será del «Calzonudo»? —Se lo habrá comido la Calchona —contestó otra, y se echaron a reír. A ella le dolía el pecho y por la garganta le hurgaba la uña fina del llanto. Se le atirantaban las comisuras de la boca y los ojos, como nunca, le llenaban la cara. Ya en la casa, buscó el rincón más recoleto, en la pieza de los trastos, entre la caja del piano y una ruma de colchones, y allí largó su pena, abrió el corazón, dejándola salir y envolverla en su pegajoso manto, adherido a ella como nueva piel, humedecida y dolorosa. Le llovían las lágri- mas por la cara. No verlo más. Nunca saber su nombre. Nunca volver a encontrarlo. Arreciaba el llanto. ¿Qué mirada iba a tener para ella esa magia? ¿Ese quemar que le ardía adentro, no sabía dónde, como anhelante es- pera de no sabía qué dicha? ¿Su nombre?… Enrique… Juan… José… Humberto… ¿Y si se llamaba Romualdo, como su abuelo? No importaba. Ella lo querría siempre, con cualquier nombre… Lo querría… Quererlo… Que- rerlo como quiere una mujer, porque ella ya lo era y sus quince años le maduraban en los pequeños pezones, mulliendo zonas íntimas y dando a su voz un súbito

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