Aguas abajo

101 trémolo obscuro. Quererlo siempre… Parecía deshacer- se en llanto. Y de repente se quedó quieta, suspirante y quieta, sin lágrimas, con la pena diluida, sin forma y lejana. Suspiró de nuevo. Se limpió los ojos. Y se halló pensando en que a lo mejor estaban buscándola por la casa, que debía ir a lavarse la cara sollamada, que… Sí, era una vergüenza confesárselo, pero tenía hambre. Y se fue pasito por entre los trastos, atisbando para salir sin ser vista e ir a refrescarse la cara en el pilón del patio. La madre la miraba a veces azorada y solía murmurar: —Qué mujerota de chiquilla… El padre era más definitivo en sus conclusiones y decía a gritos: —Mire, Maclovia, a esta tenemos que casarla cuanto antes. Por años lloró su pena entre la caja del piano y la ruma de colchones. Nunca nadie supo nada. Le levan- taron las trenzas, que desde entonces llevó como tiara alrededor de la cabeza; bajaron los dobladillos de to- dos sus vestidos. Nadie decía que era bonita. Pero no había hombre que no se sobresaltara al verla, perdido en la contemplación de los ojos grises, con algo que era casi un vértigo ante la pulpa ardida de la boca. Aparecía cortés e indiferente. Tenía que guardar su recuerdo, cui- dar su ensueño y tan solo en un país de silencio podía hacerlo. Los hombres la miraban, se detenían un punto

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