Aguas abajo
102 junto a ella, pero todos, unánimemente, se iban hacia otras muchachas más asequibles a su cortejo. El padre presentó un día al futuro marido. Era de tierras del sur, propietario de una hijuela, de vieja fami- lia regional. Ya mayor, claro que no «veterano»; esto lo decía la madre. Como añadía también: «Buen partido». Dejó, indiferente, que entre unos y otros interpre- taran su aquiescencia y la casaran. Este u otro era lo mismo. Que ninguno era el suyo, el que ella quería, mi- rada verde para dulzor de su sangre. ¿Este? ¿Otro? ¡Qué importaba! Y había que casarse, según decía la madre, sonriente y persuasiva, y según ordenaba el padre con su voz tonante que no aceptaba disensiones. Recordaba lo incómodo del traje de novia, la corona que le oprimía las sienes y su terror a desgarrar el velo. El novio murmuraba: —Costó tan caro…, cuídelo… Terminaba el vals. Un momento el silencio llenó la casa, un tan completo silencio que hacía daño. Porque era tan completo que la mujer empezó a sentir su cora- zón, y el terror le abrió la boca y entonces oyó jadear su respiración. Pero también sintió el ronquido en la otra pieza, cortado al interrumpirse la música y que de nue- vo el subconsciente tranquilizado imponía al dormido. Oyó luego un grillo en el patio. Se alzó lentamente y miró, afuera, el campo negro y extenso, que sabía lla- no, sin nada en la lejanía sino el anillo del horizonte.
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