Aguas abajo

103 Llano. Llanura. Y en medio ella y su vigilia, parando recuerdos, acariciando el pasado. Perdida en el llano. Sin nadie para su ternura, para mirarla y encenderle dentro ese ardor que antes le caminaba por la sangre y estremecía su boca bajo el tembloroso palpar de sus dedos. Sola. Se volvió al fonógrafo. Hubiera querido repetir el sor- tilegio. De nuevo tender el lienzo melódico para allí pro- yectar una vez más las imágenes. Pero no. El reloj dio una campanada. Las diez y media. No fuera a despertar… Con la misma cautela del que maneja seres vivos y frágiles, guardó el fonógrafo, los discos, cerró la alacena, puso la llave en su bolsillo. Del aparador sacó una pal- matoria, encendió la vela. Entonces apagó la lámpara. Y salió a la galería, detrás del fuego fatuo de la luz y seguida por entrechocadas sombras de pesadilla. Cuando llevó el arroz con leche al comedor, creyó ha- ber realizado el último viaje de la noche y que enton- ces podría sentarse a esperar que el huésped se fuera. Pero los dos hombres, lámpara por medio, cuchareaban alegremente como niños y, una vez rebañado el plato, levantaron ambos la cabeza y se la quedaron mirando, pedigüeños y golosos.

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