Aguas abajo

104 —Sírvanse otro poquito —dijo ella, arrimando la fuente. —¡Cómo no, patrona; si está que es un gusto comer- lo! —admitió el huésped. —¡Es que la vieja tiene buena mano para estas co- sas! —y agregó el hombre confidencialmente, porque el vino se le estaba desparramando por el cuerpo—: Cosas que le enseñaron en la profesional; vale la pena tener mujer leída, amigo; sí, se lo digo yo, y créame… Ella esperaba, incómoda en la silla, las manos mo- dosamente sobre el mantel. Habían comido con abun- dancia de res muerta en el día y el vino terminándose en la damajuana. Sería cuestión de aguardar un rato la obligada sobremesa y entonces el huésped se iría. Que su casa estaba lejos y la noche se mezclaba al viento y grandes nubarrones hacían y deshacían formas sobre pálidas estrellas. La distrajo la voz del hombre: —¿Y ese café? Apúrese, que el tren no espera… —y rio su frase, dando una puñada sobre la mesa que hizo vacilar la lámpara. No habían terminado sus viajes a la cocina… Salió a la galería, pensando, afligida, que a lo mejor el fuego es- taba ya apagado y encandilarlo era tarea para rato. Pero bajo las cenizas el punteado rojo del rescoldo la hizo casi sonreír y el agua estuvo pronto hervida y la cafete- ra, importante en sus dos pisos, sobre la bandeja, y ella

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