Aguas abajo

105 de nuevo atravesando la casa obscurecida, que la luz del reverbero solo parecía espesar lo negro en los rincones. En el comedor los dos hombres discutían con parsi- monia, en pie aún su cazurrería criolla, porque aquella comida estaba destinada a cerrar un negocio de compra de chanchos que el huésped viniera a ver desde el pue- blo, y la tarde, que si yo pido y yo ofrezco, se había pa- sado en tanteos y todavía no se llegaba a nada concreto. —El lunes le mando un propio con la contestación —decía el huésped. —Es que mañana, domingo, tengo que contestarle a uno de estos lados, que también se interesa y no pue- do dilatarme más, usted comprende, sí; no es cosa de dejarlo esperando y que se eche para atrás y usted tam- bién y pierdo un buen comprador… —Es que usted se pone en unos precios… —Los que valen los chanchos, amigo; mejores no los va a encontrar. Como esta cría no hay otra por estos lados, usted lo sabe bien, sí… La mujer había sacado las tazas, el azúcar; ahora les servía el café. ¡Que arreglaran luego su negocio y el huésped se fuera! Y se sentó de nuevo, en la misma pos- tura de antes, tan idéntica, tan como recortada en un cartón y colocada allí, tan erguida, inexpresiva y miste- riosa que, súbitamente, los dos hombres se volvieron a mirarla, como atraídos por la fuerza estática que de ella emanaba.

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