Aguas abajo

106 El huésped dijo: —¡Tan calladita la patrona! Y el hombre, vagamente molesto sin saber por qué: —Sirva aguardiente, pues. Volvió a ponerse de pie, pero esta vez no para ir a la cocina. Abrió la alacena y se empinó para alcanzar arri- ba la botella arrinconada tras el fonógrafo. El huésped, que la miraba hacer, preguntó solícito: —¿Quiere que le ayude, patrona? Le queda alta la botella. —Mírenla qué arisca la botella…, por algo había de ser mujer. Pero para eso estoy yo, sí… —exclamó el hombre, y se alzó a tomarla. Le tropezaron las manos en el fonógrafo y añadió, gozoso de hallar otro homenaje que ofrecer al huésped: —Vamos a decirle a la patrona que nos toque un poco el fonógrafo. Yo le llamo «su bolina», porque hay que ver cómo es de gritón; pero a ella le gusta y yo la dejo que se saque el gusto. Así soy yo, sí. Toque algo para que oiga el amigo. Ponga lo más bonito. Pero antes nos sirve algo, sí… Colocó al borde de la mesa la botella y el fonógra- fo. La mujer se había quedado quieta, oyendo lo que el hombre decía. Pero cuando las manazas se apoderaron del armarito, una especie de resentimiento le remus- gó en el pecho, lento, iniciándose apenas. El fonógrafo era su bien suyo y nadie tenía derecho sobre él. Nunca

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