Aguas abajo

107 nadie lo había manejado, sino sus manos de ella, que eran amorosas y como para un hijo. Tragó saliva y los dientes se le apretaron después, marcándole la arista dura de la mandíbula, igual a la del padre e igual a la del lejano abuelo que viniera de Vasconia. Pensó que el aguardiente los haría olvidar la música y en vez de los pequeños vasos de vidrio verde y engañador, en que apenas si cabía una dedalada de líquido, puso los otros grandes de vino y los llenó a medias. Los hombres olie- ron el aguardiente, levantaron después los ojos, a la vez que entrechocaban las copas, y a una voz dijeron: —¡Salud! Y vaciaron de un sorbo el contenido. —¡Esto es aguardiente! —dijo el hombre. El huésped contestó con un silbido que pareció quedársele en la boca fruncida, gesto de estupor, por- que algo empezaba a bailarle en los músculos sin inter- vención de su voluntad y esto lo dejaba así de perplejo y tan contento por dentro. —Volvamos a hablar del negocio —propuso el hombre—. Ya está bueno que se decida, sí; mi precio es razonable, usted bien lo sabe y sabe que se lleva chanchos que en cualquier mercado se gana el doble, sí; criados a chiquero y media sangre el barraco, espe- ciales para jamones… El otro sonrió vagarosamente y asintió a cabezadas.

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