Aguas abajo
108 —¿Trato hecho, entonces? —preguntó el hombre—. ¿Trato hecho? —Bueno el aguardiente, no se toma mejor por estos lados, ni en el hotel de los Piñeiro. Era curioso lo que sentía: siempre esa especie de mo- vimiento muscular que ahora se polarizaba en las rodi- llas y le lanzaba las piernas hacia todos lados, irreducti- blemente, igual que a un payaso. ¡Y estaba tan contento! —Bueno el aguardiente, claro, sí…, es regalo de mi suegro, que es del lado de las viñas y comercia en vinos. De lo mejor. ¿Trato hecho? —¿Trato de qué? —preguntó estúpidamente, atento a su deseo de reír, a su imposibilidad de reír y al des- consuelo que empezaba a inundarlo. Y las piernas por debajo de la mesa bailándole, bailándole… —Del negocio de los chanchos, sí… —¡Ah! De veras… ¿Pero la patrona no iba a tocar la…, cómo le dijo…, la…, bueno… el fonógrafo? La mujer lo odió con una violencia que lo hubiera destruido al hacerse tangible. Todas la malas palabras que oyera en su existencia, y que jamás dijo, se le vinie- ron de pronto a la memoria y las sentía tan vivas que su asombro era que los dos hombres no se volvieran a mirarla, despavoridos y enmudecidos ante esa avalan- cha grosera. —¿Trato hecho?
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=