Aguas abajo
109 —Música…, música…, la vida es corta y hay que gozarla… Pero en vez de alargar la mano al fonógrafo, la mu- jer la había extendido hacia la botella y de nuevo les ser- vía, desbordando las copas. Y como cada cual absorto en su idea no viera que se le había puesto delante, fue ella quien dijo, repentinamente cordial: —¡Sírvanse! —e hizo un inconcluso gesto de invi- tación, una especie de saludo que se quedó en el aire, paralizado, mientras los miraba beber—: ¡Salud! —y le sorprendió el sonido ronco de su voz diciendo el buen augurio. —¿Trato hecho? —insistió el hombre, enredada la lengua a las consonantes. El otro no oía nada, sino que sentía crecer la marea de congoja, a la par que en sus oídos una chicharra se puso a mover su constante serrucho de siesta. ¿Y por qué le bailaban las piernas? —Hermano, soy bueno… yo no merezco esto… —y la congoja se le desbordó en un hipar—. No quiero que me bailen las piernas, mis piernas son mías, mías…Mú- sica… —gritó súbitamente y medio se alzó, pero le falló el impulso y se fue de bruces sobre la mesa. La mujer los miraba, quieta, con los ojos tan abier- tos e inexpresivos, tan claros, tan enormes en su grisura. Que no se acercaran de nuevo a su fonógrafo, que no fueran a tomarlo; era suyo, allí residía su vida interior,
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