Aguas abajo

110 su evasión a los días incoloros. Ella era exteriormente semejante a la llanura, plana, con la voluntad del ma- rido como el viento rasándola; pero al igual que bajo napas de tierra está la corriente multiforme del agua, así ella tenía dentro su agua cantante diciendo las cosas del pasado. La música era de ella. De ella y ¡ay de quién se le acercara! Pero el huésped alargó una mano torpe y la posó en las portezuelas del fonógrafo, tratando de abrirlas. Que no las abrió, porque ella, violentamente en pie y dura sobre la mano de él, dijo también duramente: —No. Es mío. El huésped la miró, fruncida la boca y tratando de pensar algo que acababa de olvidársele. Recordó de pronto. Y volvió a estirar la mano que ella le quitara de la pequeña aldaba. —¡Le digo que no! —Mire cómo me agravia, hermano… El hombre insistió codiciosamente: —¿Trato hecho? —Música… —contestó el huésped, empecinado. —¿Por qué no toca algo? Meta bolina no más, hijita, sí; a su gusto. ¿No ve que vamos a cerrar el trato? No pondría las manos en el fonógrafo. Eso nunca. El huésped se había alzado y esta vez sí que le obedecie- ron los músculos. Pero la mujer previno el ataque y se interpuso defensiva. El otro trastabilló por el comedor,

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