Aguas abajo
111 hasta dar con la pared, y se volvió encendido en delin- cuencia, ciego para todo lo que no fuera su idea. —Música…, música… —¿Que se ha vuelto loca? ¿Qué le pasa? —preguntó el hombre. El huésped estaba sobre ella y ella sobre el fonó- grafo, con todo el cuerpo defendiéndolo. Luchaban. El hombre los miró un instante estupefacto, repitiendo: —¿Que se ha vuelto loca? ¿Que se ha vuelto loca? Pero cuando el huésped dio un grito agudo porque los dientes de la mujer le desgarraban una mano, se abalanzó a separarlos, a defender al amigo, a defender su negocio, su trato ya casi hecho. Ella les daba patadas y dentelladas, animalizada, furiosa, como si en el monte una puma defendiera sus lechales. Los hombres no sabían por qué recibían pu- ñadas, por qué rodaban por el suelo, por qué la mesa se tambaleaba y la lámpara oscilaba su luz en un mareo peor que el de sus estómagos. El fonógrafo cayó con es- trépito y las cuerdas resonaron, lamento de arboleda a la que arranca un fuerte viento sus hojas. El huésped estaba sentado en el suelo, aturdido, y de pronto se le soltó el llanto en sollozos que interrumpían los hipos. El hombre se apoyaba en la ventana, atónito con todo aquello y mirando a la mujer, que mostraba desgarra- da la ropa, deshecha la nobleza del peinado, con un tajo largo en la cara, limpiándose con el delantal rojo
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=