Aguas abajo
112 de sangre, manchada la blusa, empecinada en recoger del suelo los pedazos de los discos rotos, mirándolos y sollozando, limpiándose la sangre, sollozando y mi- rando dónde otros pedazos y limpiándose la sangre y sollozando. Pero el huésped lo distrajo con sus enormes hipos. —Hermano…, yo creía que estaba en casa de un hermano… Me han agraviado… a mí… —se lamentaba entrecortadamente. —No llore más, hermano —y de súbito vuelto a su idea y lleno de solicitud y ternura—: ¿Trato hecho? —Mugres, eso son nada más: mugres… —gritó la mujer, y con su haldada de pedazos salió del comedor, cerrando la puerta con un retumbo que asustó a las ra- tas en el entretecho e hizo que el perro la mirara soste- nidamente con sus lentejuelas brillosas en la penumbra. Afuera restallaban las crines del viento desatado en fre- néticos galopes. Las nubes se habían apretujado, densas y negras, tiñendo los ámbitos y sin dejar ver perfil de cosa alguna. Como si aún los elementos no hubieran sido separados. Un grillo atestiguaba inmutable su existencia. Iba huidiza, apretados contra el pecho los destro- zados discos, sintiendo el fluir de la sangre por la heri- da, caliente y pegajosa en el cuello, adentrándose hasta la piel fina del pecho. Caminaba con la cabeza gacha,
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