Aguas abajo
113 rompiendo la negrura y el viento. Caminaba. La casa estaba lejos, que no solo borrada por la sombra. El gri- llo quedó en lo imperceptible tenazmente inútil. Podía estar en el llano y ser el centro vivo de lo circundante desolado; podía estar en un valle limitado por ríos y precipicios; podía andar, andar, sin fin, hasta caer des- hecha en la tierra dura, empastada hasta el mismo ni- vel con idéntica hierba; podía de pronto resbalar por la barranca e irse a estrellar en las lajas de un río sorbido por rojizas arenas; podía… Podía cualquier cosa suce- der en ese negror de caos, confuso y pavoroso. Que a ella todo le era indiferente… Terminar con todo. Morir contra la tierra, destro- zarse en la hondonada. No sentir más ese ardor corrosi- vo, hiel en la boca y adentro hurgándole. Terminar con todo. No esforzarse más por saber qué característica tuvo tal día, empecinada en sacar de la suma de nebu- losas una fecha para diferenciarlo. No vivir mecanizada en el trajín y en el tejer esperando que llegara el sábado para comer el mendrugo de recuerdos incapaz de sa- ciar la angurria de ternura de su corazón. Terminar con la sordidez rondándola, con el disfraz de «haga como quiera, pero…», de la meticulosidad, de la solapada vigilancia. No ser más. Nunca más volver a la casa y hallarse diciendo lo hecho y lo rendido, oyendo la in- sinuación de lo necesario por comprar y lo preciso por realizar. No encallecerse las manos majando trigo, ni
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