Aguas abajo
114 con los ojos llorosos al humo del horno, ni sintiendo la cintura dolida frente a la batea del lavado. Jamás esme- rarse en pintar una tablita y hacer una repisa, ni empa- pelar las habitaciones enflorándolas como un remedo de jardín. Nunca. Ni nunca más sentirlo volcado sobre ella, jadeante y sudoroso, torpe y sin despertarle otra sensación que una pasiva repugnancia. Nunca. Le dolió como una larga punzada la herida que el aire enfriaba. La tocó y halló entre la sangre un punto duro. Pedazo de vidrio. Cacho de vaso roto que no supo cuándo en la lucha se le enterró allí. Con una especie de insensibilidad al dolor lo removió para sacarlo. Dio un gemido. Pero furiosa consigo misma, de un tirón brusco que desgarró más profundamente la carne, lo extrajo y arrojó lejos. La sangre le corría por los dedos, por el cuello, por los senos. Toda manchada y pegajosa. Siguió andando. Desaparecer. Pero antes sollozar, gritar, aullar. El viento, con sus rachas, parecía metérsele por la carne abierta y hacer intolerable el dolor. Más grande aún, más agudo que el otro que le destrozaba el sentimiento. De pronto la mano que empuñaba el delantal, sosteniendo siempre los rotos discos, se abrió y todo aquello rodó por el sue- lo. Dio unos pasos más y cayó de bruces para sollozar sonidos que el viento agarraba con su fuerte mano y esparcía por los confines.
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=