Aguas abajo

115 Como si el agua de los claros ojos al fin pudiera ser agua. Sentía que la boca se le abría y los extraños ruidos que lanzaba su garganta y los párpados sollamados y la frente rugosa y la sal del llanto. Y una mano pegada a la herida, violentamente dolorosa, y la sangre corriendo entre sus dedos y una trenza que debía estar empapada humedeciéndole la espalda. Se alzó sobre un codo, vol- teó la cabeza. Y dio un grito agudo, porque por la cara le calentó un aliento y algo inhumano la empavoreció hasta perder el sentido. El perro a ratos la olfateaba ruidoso, otros le lamía las manos, otros se sentaba y alzando la cabeza muy alto, con el hocico tendido hacia misteriosos presagios, daba su largo aullido lunero. Le lamía la cara cuando la mujer volvió en sí e instantáneamente supo que era el perro, aunque no sabía dónde estaba. Se sentó de golpe y de golpe también tuvo el recuerdo de lo inmediato. Era como si no lo hubiera vivido. Tan extraño, tan ajeno a ella. Casi como la sensación de la pesadilla que acaba de hundirse en lo subconsciente. ¿Huía de un sueño, volvía de una realidad? Un gesto, al querer aca- riciar al perro que la rondaba inquieto, le dio el exacto contorno de los hechos. Gimió y el perro buscó de nue- vo su rostro. Pero lo apartó, obligándolo a tenderse a su lado. Restañó la herida que manaba de nuevo sangre, ardiéndole como una quemadura.

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