Aguas abajo
116 Se podía morir desangrándose. Estarse así, quieta en la noche, en la proximidad cordial del perro hasta que la sangre se fuera escurriendo y con ella la vida, esa vida aborrecible que no quería conservar para pro- vecho de otro. Eliminándola, vengaba su constante es- tado de humillación, rencores acumulados sordamen- te, resentimiento de existencia frustrada. Quitarse de en medio para que la soledad fuera el castigo del que no tendría quien trabajara, rindiera y diera cuenta de hechos y pensamientos, máquina para su regalo desa- parecida y que le costaría hallar otra tan perfecta. No verlo más. Nunca ponerle delante la carne medio asada y verlo masticar con sus dientes de súbita blancura. Ni ver su mirada irse velando de niebla, cuando el deseo lo hacía estirar la mano hasta su cuerpo vanamente es- quivo. No saberlo enredado en subterráneos cálculos: «Esto lo compra usted, porque esta platita mía es para guardarla y comprar cuando se pueda el campo de los Urriola, que están muy entrampados y tendrán al fin que vender, sí; o el campo de la viuda de Valladares, que con tanto chiquillo no va a prosperar y se lo van a sacar a remate, por las hipotecas…» Esperando como buitre, paciente, el momento de alzarse con la presa. Tierras. Tierras. Todo en él se reducía a eso. Vender. Negociar. Juntar dinero. Y comprar tierras, tierras.
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