Aguas abajo

117 No ser más. No pensar más. Sentir cómo la sangre se iba entre sus dedos, corriendo pegajosa por el pecho, apozándose en el regazo, humedeciendo sus muslos. El perro gemía ahora bajito, cada vez más inquieto. La mujer, súbitamente, abrió los ojos, que ya no tenían sino la propia agua clara del iris, y enfrentó una verdad: morir era también nunca más sacar los recuerdos del pasado, arcón con sus imágenes de ternura. Nunca más recordar… ¿Recordar qué? Y en una rápida e inconexa superposición de imágenes, trozos de escenas, retazos de frase, vio a la madre sentada frente al portalón, a ella con sus hermanas tomadas del brazo, a las palomas volando por el aire aromoso del jardín. Sintió tan exacto el olor de los jazmines que aspiró anhelante. Pero apa- recieron otras imágenes: ella llorando entre la caja del piano y la ruma de colchones; ella silenciosa en la noche bajo la medalla de la luna, buscando la réplica de esa medalla en el fondo del pilón con mano distraída; ella frente al espejo, prendiéndose en las trenzas una ramita de albahaca y unos claveles, porque la Pascua era una porfiada esperanza; ella con la cara volteada por la risa y sus ojos atrapando la mirada verde que le agitaba en el pecho un tímido pichón, tan cálido, tan tierno y tan exactamente vivo, que la sorpresa de su mano era no encontrarlo allí anidado dulcemente… Nunca más todo eso. Morir era también renunciar a todo eso.

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