Aguas abajo
98 llevado la última hoja de obscuro oro. Recordaba par- ticularmente un abrigo rojo, con cuello redondo de piel blanca, rizosa y suave a la cara y un manchón como un barrilito, colgado del cuello por un cordón blanco tam- bién. Y la advertencia de la madre: —Las manos se ponen en el manchón y ya no se sacan más. Claro que para saludar… —añadió tras una pausa reflexiva. Iban y venían, tomadas del brazo. Cuchicheaban co- sas incomprensibles, inauditas confidencias que acerca- ban sus cabezas, murmullos apenas articulados y que de pronto las sacudían en largas risas que dejaban per- plejos a los árboles, porque no era época de nidos, o los alborozaban en aprobatorios cabeceos, en la otra época en que los pájaros trataban de glosar esos trinos. A ve- ces, no, una vez, levantó ella la cara, para mejor atra- par la risa que siempre le parecía caerle de arriba, y así en escorzo, las pupilas hallaron la mirada de unos ojos verdes, de verde pasto nuevo y en cara de muchacho atezado de soles, fuerte y como renoval. Un instante tan solo. Pero un instante para llevárselo a casa y atesorarlo y meterlo en lo hondo del corazón y sentir que una an- gustia y un calor y un deseo vago de llorar y de pasarse por los labios la yema fina de los dedos la atormentaban súbitamente, en medio de una lectura, de una labor, de un sueño. Volverlo a ver. Sentir de nuevo la impresión de que la vida se le paraba en las venas. Que ese se-
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