Aguas abajo

97 silencio. Volvió a la mesa, dio la cuerda con precaución, juntó las manos y esperó. Tará…, rará…, tarará… La marcha. Y súbitamente todo en su contorno se abolió, desapareció sumergido en la estridencia de las trompetas y el redoble de los tambores, arrastrándola hacia atrás por el tiempo, hasta dejarla en la plaza del pueblo norteño, después de la misa de once en domin- go sin lluvia, revolando el tambor mayor la guaripola y a su siga, a paso de parada, la banda dando la vuelta final por el contorno del paseo, con la chiquillería de- lante y un perro mezclado a sus carreras, mientras las señoras en su banco tradicional comentaban mínimos problemas, los señores hablaban de la vendimia y ellas, ella y sus hermanas, ella y sus amigas, del brazo, con las trenzas desasosegadamente resbalando por los pechos que ya combaban suspiros, pasaban y repasaban ante los mayores, cruzando grupos de muchachos, que pa- recían no verlas y que al fijar lo circundante solo a una de ellas miraban, sorbiéndola como sedientos a agua de campo, en propio manantial con ávida boca que el de- seo agranda. Era la hora en que se estrenaban los trajes. A ve- ces eran rosas o celestes. O blancos con lazos rosas o celestes. A veces eran rojos o marinos, y esto quería decir que por el cielo de un desvanecido azul unas nu- bes desflecaban sus vellones y que el viento ya se había

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