Aguas abajo

96 —Lo decía en distintos tonos, a veces comproban- do una debilidad en la mujer, ligeramente protector y condescendiente; a veces distraído, maquinal, echando atrás la mecha rebelde, trabajado por otra idea; a veces entorvecido, leñoso y asustándola, que nunca había po- dido sobreponerse a una obscura sumisión instintiva de hembra a macho, que antaño se humillaba al padre y ogaño al marido. Cuando ella, sin insinuación alguna, compró para él aquella chaqueta de cuero, lustrosa como si estuviera encerada, negra y larga, que el tendero decía que era de mecánico y en la cual la lluvia no podía filtrar, así cayera en los tozudos aguaceros de la región; cuando la compró y misteriosamente la trajo a casa y dejó el paquete frente a su sitio en la mesa, para que la hallara sorpresivamente, dulcificado al verla, el hombre pasó la manaza sobre el pelo suave, peinado en trenzas y alzado como una tiara sobre la cabeza: —¡Buena la vieja! Trabajadora, como deben ser las mujeres, sí. Y oiga, hijita, esta noche que es sábado en- cienda la lámpara y así yo podré hacer mejor mi soli- tario. Y cuando me vaya a acostar, usted se queda otro ratito y toca su fonógrafo. Sí, lo toca, pero cuando yo me quede dormido. Sáquese el gusto usted también… Así nació la costumbre. Bajó un poco la luz de la lámpara. De puntillas se fue hasta la ventana y la abrió, dejando entrar la noche y su

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