Aguas abajo

95 Que resultó con canciones españolas llenas de que- jumbres, que ni a él ni a ella les gustaron y que una vez intentó vanamente cambiar. Y cuando, tiempo adelante, insinuó tímida el propósito de comprar más discos, él, con la cara terrosa que solía poner en su hora negativa, contestó severamente: —No más bullanga en la casa… Basta con la que tie- ne y con que se la aguante. Nunca insistió. Cuando estaba sola, en el campo trabajando él y sus peones, sacaba el fonógrafo y de pie, con el vago azoro de estar «perdiendo el tiempo» —como decía él—, juntas las manos y rebulléndole en el pecho una espiral de gozo, se dejaba sumergir en la música dulcemente. A él no le gustaba nada este «perder el tiempo». Ella lo sabía bien y no se dejaba arrastrar por el impe- rioso deseo de oír el vals o de oír la marcha. Pero con ese hábito de contarle cuanto hiciera en el día, con mi- nucia a que la había acostumbrado desde el comienzo de su vida matrimonial, decía, abiertos los párpados y las pupilas dilatadas: —Molí la harina para los peones, cosí su chaqueta de abrigo, amasé para la casa… —hacía una pausa im- perceptible y agregaba muy ligero—: oí un ratito el fo- nógrafo y nada más… —Ganas de perder el tiempo…, el tiempo que sir- ve para tanta cosa que deja plata, sí, de perderlo…

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