Aguas abajo
94 da señora, con una boca grande y tierna y la voz que arrastraba las erres, como si fuera madama, y no lo era, y eso a ella le daba tanta risa! ¡Cómo tuvo de trabajo ese verano! Fue entonces cuando vio cumplido su anhelo de tener un fonógrafo con discos y todo. Él se lo dejó comprar. ¡Para eso ganaba harta plata! —Cómprelo no más, hijita. Lo suyo es suyo, claro, pero bueno sería que también se ocupara de ver si me puede comprar una manta a mí, que la de castilla está raleando. Porque yo la manta la necesito y como tengo que juntar para otra yunta, no es cosa de distraer pesos, y como usted está ganando tanto… Pero es claro, sí, que se compra el fonógrafo también y antes que nada… Primero compró la manta e inmediatamente el fonó- grafo. Nunca mayor su gozo que de regreso a su casa y el fonógrafo colocado en la mesa y ella transida, oyendo la cadencia del vals o la marcha que se interrumpía de pronto para dejar oír un repique de campanas. Se lo ha- bían vendido con derecho a dos discos que ella eligiera despaciosamente, impaciente él al verla indecisa luego de elegir el primero —que era aquel en que estaban el vals y la marcha—, haciéndose ensayar uno tras otro todo un álbum. Hasta que, cada vez más impaciente, dijo: —Se está haciendo tarde. Mire cómo baja el sol. Hay que irse, sí; nos va a agarrar la noche si no. Lleve ese que tiene separado y este. Uno porque le gusta y otro a la suerte… —y sacó al azar un disco del cajón.
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