Aguas abajo

93 ra era, casa como la suya allá en el norte, en el pueble- cito sombreado de sauces y acacias, con el río cantando o rezongando valle abajo y la cordillera ahí mismo, pre- sente siempre, fondo para las casitas como de juguete: azules, rosadas, amarillas, con zaguanes anchos y un jazmín aromando las siestas, y frente al portalón un banco pintado de verde propicio a las charlas de prima noche, cuando los pájaros y el ángelus se iban por los cielos en el mismo aire y los picachos tenían súbitos ro- sas y lentos violetas, antes de dormirse bajo el cobijo de atentas estrellas fulgurantes. Cerró los párpados, como si también ella debiera dormirse al amparo de esa cautela. Pero los abrió en se- guida, escuchó de nuevo, segura de oír el ritmo del que dormía. Entonces se alzó y con silenciosos movimien- tos abrió la alacena, y del más alto estante fue sacando y colocando sobre la mesa un viejo fonógrafo, inverosímil de forma, como un armarito cuyas portezuelas mayores abiertas dejaban ver un encordado de cítara, al sesgo sobre la boca del receptor, que no era otra cosa que un pequeño círculo abierto en la caja sonora. Abajo otras portezuelas, más pequeñas, dejaban ver el asiento verde de los discos. Aquel era lujo suyo, no como la lámpa- ra, lujo de la casa, sino suyo, suyo. Comprado cuando la señora de «Los Tapiales», de paso por el pueblo, la hallara en la tienda y viera sus tejidos y le preguntara si podía hacerle unos abrigos para sus niñitas. ¡Qué lin-

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