Aguas abajo
92 Y no resultó caro y sí un buen negocio. La mujer del propio dueño de la tienda compró para su hijo la prime- ra entrega, que era tan solo una muestra. Un lindo traje- cito, como nunca niño alguno lo tuvo por aquellos «an- durriales», en que la gente manejaba dinero y adquiría cosas sin gracia en negocios en que el barril de sebo se aparejaba con los frascos de Agua Florida y las casi- netas estaban junto al bálsamo tranquilo. Fue un buen éxito el suyo. Le hicieron encargos. Tejió para toda la región. Pudo subir los precios. Nunca daba abasto para los pedidos pendientes. Cuando vio que prosperaba, él dijo un día: —Bueno es que me devuelva los diez pesos que le presté para empezar sus tejidos. Y que no se gaste toda la plata que gana en cosas para usted no más. Claro es que no voy a decirle que me dé esa plata a mí, es suya, sí, bien ganada por usted, y no le voy a decir que me la entregue —repetía siempre lo que acababa de expresar, con una insistencia en que quería a sí mismo puntuali- zar su idea—, pero ya ve, ahora hay que comprar una olla grande y arreglar la puerta de la bodega. Bien podía hacerse cargo de las cosas de la casa, ahora que maneja tanta plata, sí…, tanta plata… Compró la olla grande, hizo arreglar la puerta de la bodega. Y después, compró, compró… Porque signifi- caba una alegría ir convirtiendo aquella destartalada casa de campo, comida por el abandono, en lo que aho-
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