Aguas abajo
91 edredón acolchado y… Sí, como había comprado tanta cosa, tanta… Claro, ¡en tantos años! ¿Cuántos años ha- cía? Dieciocho. Había cumplido ahora treinta y seis y tenía dieciocho cuando se casó. Dieciocho y dieciocho. Sí… La lámpara. El aparador. Los muebles de mimbre… Nunca creyó ella, de esto estaba segura, que tejiendo podía ganar dinero no solo para vestirse, sino para dar- se comodidades en el hogar. Él dijo, apenas casados: —Tiene que agenciarse para hacer su negocito y ga- nar para sus faltas. Críe pollos o venda huevos. Ella contestó: —Usted sabe que no soy entendida en esas cosas. —Busque algo que sepa, entonces. Algo que le hayan enseñado en la profesional. —Podría vender dulces. —Pierda las esperanzas en estos andurriales. Debe ser algo que se pueda llevar por junto al pueblo una vez al mes. —Podría tejer. —No es mala idea. Pero hay que comprar la lana —agregó, súbitamente intranquilo—. ¿Cuánto necesita- ría para empezar? —No sé. Déjeme ver precios. Y hablar en la tienda, a ver si se interesan por tejidos. —Si no sale muy caro…
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