Aguas abajo

90 abandonado el tejido sobre el regazo. Respiraba apenas, entreabierta la boca, toda ella recogiendo los rumores, separándolos, clasificándolos, afinada la sensibilidad auditiva a tal punto que los sentidos todos parecían ha- berse convertido en un solo oído. Alta, fuerte, tostada de sol la piel naturalmente morena, hubiera sido una criolla cualquiera si los ojos no la singularizaran, ha- ciéndole un rostro que la memoria, de inmediato, colo- caba en sitio aparte. La tensión le hizo brotar una gotita de transpiración en la frente. Nada más. Pero sentía la piel enfriada y, con un gesto inconsciente, pasó una len- ta mano por ella. Luego, con la misma ausencia, miró esa mano. Cada vez parecía más tensa, más como una antena captadora de señales. Y la señal llegó. Del dor- mitorio y en forma de ronquido, al que arrítmicamente siguieron otros. Se le aflojaron los músculos. Los sentidos se abrie- ron en su exacta estrella de cinco puntas, cada cual en su trabajo. Pero aún siguió inmóvil la mujer, con las pu- pilas desbordadas fijas en la lámpara. ¿Cuándo había comprado aquella lámpara? Una vez que fue al pueblo, que vendió la habitual docena de trajecitos para niño, tejidos entre quehacer y queha- cer, entre quehaceres siempre iguales, metódicamente distribuidos a lo largo de días indiferenciados. Compró aquella lámpara, como había comprado el aparador, y los muebles de mimbre, y el ropero con espejo, y el

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