Aguas abajo
89 Dejó el mazo restante y se echó el mechón hacia atrás, hundiendo y fijando los dedos en el pelo. Volvió la dulcedumbre a esparcírsele por la cara. Levantó los pár- pados y aparecieron los ojos como las uvas, azulencos. Una mirada precauciosa que se fijó en la mujer, que ha- lló los ojos de la mujer, grises, tan claros que a cierta luz o de lejos daban la inquietante sensación de ser ciegos. —Haga cuenta que no lo estoy mirando y haga su trampa no más… —dijo la mujer con voz cantante. —¿Será muy feo? —preguntó el hombre. —Como feo, es feo. —¡Que siempre me ha de fallar! ¡Vaya, por Dios! ¡Lo haré de nuevo! —y juntó las cartas para barajarlas. A veces el solitario «salía». Otras «se ponía por- fiado». Pero siempre, a las diez horas que resonaban en la galería caídas del viejo reloj, el hombre se alzaba, miraba a la mujer, se acercaba hasta poner una mano sobre la cabeza y acariciaba el pelo, una y otra vez, para terminar diciendo, como dijo esa noche: —Hasta mañana, hijita. No se quede mucho rato, apague bien la lámpara y no meta mucha bolina con su fonógrafo. Déjeme que agarre el sueño primero… Salió cerrando la puerta. Oyó sus trancos por la ga- lería. Luego lo sintió salir al patio, hablar algo al perro, volver, ir y venir por el dormitorio, crujir la cama, caer uno tras otro los pesados zapatos, crujir de nuevo la cama, revolverse el hombre, aquietarse. La mujer había
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