Aguas abajo
83 como en un hecho ajeno, espectadora de la reacción de los otros. Para verlos sufrir. Para verlos deshechos por el remordimiento. Para que nunca se atrevieran a mi- rarse, con su ánima separándolos. Lloraba asomada a la muerte y como llorando a otro muerto que no era ella. Se interponían entre esas imágenes pequeñeces de la vida diaria en que hallaba reposo: ya no sería ella quien amasara, sino la muchacha, con cansancio sobre la tabla y con la cara después ardida por el vaho del horno. Pero cuando estuvieran comiendo, a lo mejor a él no le gus- taba el pan hecho por otras manos, tan regodeón como era, y la echaría de menos… Fue el cabo por el cual se asió a la esperanza. La echaría de menos… Si no en el abrazo carnal, en lo rutinario de la vida cotidiana. Pue- de que la muchacha terminara por contentarse con ser tan solo «su mujer» y le fuera dejando lado a ella para ser «la dueña de casa»… Pero el que fuera «su mujer» le dolía como un dolor físico, como el sufrimiento de haberla parido a ella, a la hija, a la que ahora se lo ro- baba todo. Lloraba de nuevo, sola en lo hondo del tajo, junto a la impasible faz de los peñascos. El atardecer, con su mandato de siglos, la hizo bus- car furtiva el cobijo de la casa y halló a la vieja esperán- dola, segura de su retorno. Ahora había que impedir que la oyeran. Por eso con- vulsivamente se tapaba la boca, empuñadas las manos sobre el delantal, ahogando sollozos. ¡Que no la oyeran!
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