Aguas abajo
82 tejer, lo que fuera más de su gusto. Pero «la dueña de casa» era ahora la muchacha. —Ella es mi mujer. Mi mujer —decía el hombre, con una voz que se esparcía en el aire como trigo en el sur- co—. Mi mujer. Cuando quiso agredir a la muchacha, el hombre alzó el fuerte brazo, impidiéndoselo. ¡Que le pasara el mal momento! ¡Que se fuera al río o a la montaña, que vie- ra de sosegarse! Las cosas eran así y nada más. Cosas de la vida…, como le dijo después la vieja, cuando ella la arrastró hasta el fondo del tajo, tambaleándose am- bas y abrazadas. A sus años se podía hablar así… ¡Pero ella! Con su adoración por el hombre, con su ansia de él adherida a la piel, muro que reverdece con la enreda- dera que le da forma. ¡La vieja! ¡Como los otros, como todos, oyendo su conveniencia! Tratando de calmarla, de hacer de todo aquello un incidente sin importancia. Queriendo volver a subir a la casa, negándole hasta eso mísero que era su compañía, dejándola sola en su des- esperación, abandonada a la pena, royendo su humilla- ción y su impotencia. Pensó irse, andando senderos hasta no sabía dónde. Echarse al río. Subir por la montaña y tirarse por cual- quier risco. Se veía extenuada por el hambre, pordiose- ra de los ranchos. O fría en el agua, hinchada, deforme, como a veces aparecía en la corriente un animal ahoga- do. O rota entre piedras y tierra. Pensaba en su muerte
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