Aguas abajo
81 —Ya s’acostaron —dijo quedamente la vieja. —¿No preduntaron na por mí? —Sabís lo que son. Tán locos con los dos chivitos de la Barbona. —¿Y… ella? —Muy suelta e cuerpo…, como si no hubiera pa- sao na… —¿Hizo ella la comía? —¿Y quién querís que l’hiciera? No solo le quitaba el hombre. Le quitaba el hogar, la responsabilidad de la vida familiar, el derecho al mando. Y era su hija… Los músculos de la cara se le relajaron y por los ojos le brotó el llanto, silenciosamente, anegán- dole las mejillas, entrándosele por los labios, regustán- dole en amargor la garganta. A veces un sollozo iba a estallar, lo sentía subir desde el fondo de sus entrañas, desgarrándolas, pero la mujer apegaba convulsivamen- te el delantal a la boca para hacerlo morir allí, sin ruido alguno. Porque le habían dicho «que no querían oírla» tras la escena de la mañana, cuando los encontró anu- dados en un abrazo y estalló en ira, aullando insultos y amenazas que solo sirvieron para que la muchacha, tranquilamente alzándose, la mirara despectiva, y el hombre, frío y brutal, la pusiera frente a la nueva situa- ción. Ella, que hiciera lo que más le conviniera. Si que- ría quedarse en la casa, bueno. Si quería, se iba. Pero ni malas caras ni gritos. Podía acompañar a la vieja, hilar,
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