Aguas abajo
80 —Su marío… —y entrecerró los párpados, mirán- dola mientras que un gesto como el de la vieja mos- traba en la boca los dientes de animalillo carnicero, fuertes y crueles. —Mejor es que te vayai pa’l alto con las cabras —in- terrumpió la vieja—. Son l’únicas que te aguantan. —Tamién usté con lo que la malcría. Parece que no tuviera más nieto qu’esta… —hizo el reproche la mujer cuando la muchacha se alejaba, como siempre las ma- nos cruzadas a la espalda. Parecían la réplica una de la otra: la vieja con los ojos muy abiertos, inexpresivos, toda ella como de piedra herrumbrosa, por una vez con el huso caído en el rega- zo y las manos sobre él, inmóviles. La mujer al frente, en otra silleta, abiertos los ojos lavados por las lágrimas, paralizadas las facciones por el dolor, las manos en el cuenco de la falda, como olvidados objetos inservibles. Atrás la casa se borraba en la sombra que lentamente subía de la hondonada precedida de un hálito fresco. En el cielo tan solo había el tachón de una estrella y un ave porfiadamente modulaba su reclamo. La hora del crepúsculo pareció irse de súbito y en la noche quedó desparramado y vivo el insistente croar de las ranas. —¿Y los chiquillos? —preguntó en un hilo de voz la mujer.
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