Aguas abajo
84 Había que disimularse. Desaparecer si era posible. Y es- perar, esperar… Siempre hay una hora en que amanece. —Me voy a la cama —dijo la vieja—. Hace rato ya qu’están toos ormíos. Se alzó, buscó a tientas el bastón, agarró la silleta y se dispuso a encaminarse hacia la casa. —¿Vos no venís? —preguntó con acento que se que- braba en una inesperada terneza. —Ya voy, mamita —contestó la otra, alzándose tam- bién, con la sensación de que no tenía cuerpo, de que las piernas no iban a obedecerla, de que no podría sos- tenerse en pie y menos lograr moverse. Pero se alzó, agarró la silleta con idéntico gesto que la vieja y tras ella, lentamente, echó a andar camino de la casa, con el espanto de ir por las cornisas de un mal sueño y la angustia del vacío acechándola a cada paso.
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