Aguas abajo
78 allí, insistiendo allí con su fuerte fluir y refluir. Como aguas calientes y frías. Y como si el sol hubiera de pron- to hecho florecer todos los retamos de la tierra norteña en que pasara la infancia y el olor fuera una borrachera que hiciera vacilar la montaña. La muchacha lo miraba, entrecerrados los párpados. El hombre se arrancó a sus raíces, las cortó de un golpe con el mismo ímpetu con que derribaba un árbol y avanzó hasta casi pegar la cara a los pies de la muchacha. Alzó los ojos. La veía siempre hacia arriba, firme y sin esquivarse. Súbitamente pegó la frente a sus piernas, alzó las manos y las pegó a las piernas. Y un momento se quedaron así, como parte del paisaje, sin pensar en nada, sintiendo tan solo la tre- menda vida instintiva que los galvanizaba. La muchacha seguía mirándolo, más entrecerrados aún los párpados. Cuando dio un paso atrás, la cara y las manos del hombre quedaron en el aire, sin tratar de retenerla. La muchacha se dio vuelta y empezó a andar. Y el hombre, con un salto elástico, se alzó hasta el sen- dero y se fue tras ella, como ciego al que milagrosamen- te se revela la certidumbre del sol. —Tai muy insolente vos —dijo la mujer vociferando. —Porque pueo —contestó la muchacha con igua- les voces. —Vai a lavar la ropa.
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