Aguas abajo
77 cheo, torció camino porque ya sabía dónde encontrar al marido de su madre. —Lo llaman —dijo a voces desde lo alto. El hombre se volvió a mirarla. Estaba sobre él, en un saliente de piedras y troncos, mirándolo por entre las pestañas, seria y sin embargo con una especie de terne- za que le atirantaba la boca en una sombra de sonrisa. —Voy —contestó. Tenía el hacha en la mano. La voleó, hundiéndola de golpe en el tronco que cortaba. Todo él pareció tenderse al esfuerzo, como si los músculos se le hicieran parte del hacha para meterse en la madera. Se volvió, restregán- dose las manos. Y los ojos se le soldaron a la figura alza- da allí, viéndola desde abajo, con las piernas desnudas y el vientre apenas combo y las puntas de los senos altas, y arriba la barbilla y todo el rostro echado hacia atrás, deformado y desconocido, con las crenchas despeina- das por la mano del viento, mano como de hombre que la quisiera y la acariciara. Pareció que le crecieran raíces. Se la quedó mirando, mirando. Como si las raíces se adentraran por la tie- rra y llegaran hasta esa obscura región de las corrientes subterráneas, napas frías y calientes, ambas subiéndole por los pies, por las piernas, por el torso; inundándole el pecho, contradictorias; llegándole hasta los brazos, hasta las manos; subiendo por los brazos nuevamente, rebotando toda esa marejada en el cerebro, golpeando
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