Aguas abajo
76 —Güeno… —y la mujer se la quedó mirando, ape- sadumbrada, sin fuerzas para luchar con esa tozudez—. ¿Querís irlo a buscar? Tá el sol alto ya y los chiquillos an- dan hambreados. Tanto demorarse siempre este hombre… —Güeno pa’l trabajo…—intervino la vieja—. No de- bís rezongar por eso: es tentar a Dios. —Mande uno de los chiquillos —contestó desgana- da la muchacha. La mujer la miró de nuevo, con esa lentitud que le hacía los ojos como de vaca, inexpresivos. Pero de pronto reaccionó y dijo furiosa, a gritos: —Vai a irlo a buscar… Mal mandá… No es ningún perro sarnoso pa que no le podái hablar siquiera… Las palabras parecían resbalar sobre la muchacha, plantada en las piernas abiertas, desnudas y fuertes, las manos cruzadas a la espalda. Miró a la mujer de sosla- yo, entrecerrados los ojos pestañudos; alzó los hombros y, siempre con las manos en la espalda, echó a andar por el senderito escalonado que bajaba al río. No se daba prisa. Una cachaña que la descubriera planeaba curiosamente sobre ella, atraída por la man- cha clara de su blusilla. Una cabra dejó de ramonear y también la miró curiosamente, con la cabeza en escor- zo, empinada en un peñasco, prodigiosamente sosteni- da. La muchacha seguía andando, despaciosa, llena de sol, con los anchos pies como apoderándose de la tierra a cada paso. Se detuvo un instante y, guiada por el ha-
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