Aguas abajo
67 Trajinaron un rato. Sacaron el pescado. Lo pasaron por largas ramas de plantas acuáticas para formar sar- tas. Y echaron a andar camino el rancho con su carga. La abuela los aguardaba sosegadamente bajo el cobertizo del horno, con las manos cruzadas sobre la costura. —Mire, agüela, truchas y un salmón chico. —¿Y el taita? —preguntó uno de los chiquillos. —Aquí no ha llegao —dijo la abuela, y se volvió de perfil. —¡Bah! Se li’habrá olvidao algo y volvió pa lamontaña. —¿Por qué no lo van a catear? Es harto tarde y ven- drá con hambre. Regresaron al rato. El padre no estaba. ¿Qué hacían? ¿Lo iban a buscar al otro lado del puente? —No —dijo la abuela—. Se hizo noche ya. Dentren a comer. Ya llegará… Comieron y esta vez fue la abuela quien en seguida dio orden de que se acostaran. Se caían de cansancio. Se caían de cansancio medio a medio del sueño. La abuela se quedó un largo rato en su otro sitio habitual, en el de las tremendas noches invernales, cer- cana al fuego, volteada la cabeza sobre un hombro, gar- duña en acecho, con el perfil fijo en la penumbra, en la mano el cigarrillo, despaciosamente liado, despacio- samente encendido y que, de rato en rato, marcaba un
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