Aguas abajo

66 que el eco no le trajera seña alguna de la presencia de los otros, lejanos por las montañas. Volvían del bosque de araucarias. En la mañana había el hombre dejado tendida la red y estaban los chiquillos impacientes por ver la pesca. Venancia se había hecho una corona de pequeñas hojas y venía delante. Atravesó la primera el puente, como si los pies descalzos adhirie- ran al tronco rugoso, firme y segura. Pasó un chiquillo, silbando, sin darle importancia al abismo que estaba abajo, profundo, verde, tonante. Los demás niños ve- nían con el hombre, que cargaba el hacha. Pareció que iba a pasar primero. Pero les cedió el paso a los hijos, que atravesaron, uniéndose a los demás y echando a co- rrer en dirección al embarcadero y a ver la red. El hombre puso el pie en el puente. Como los chi- quillos, parecía adherido a la piel del árbol. Pero en la mitad, de súbito vaciló, herido por la piedra en la frente; vaciló, osciló y desapareció entre las paredes del tajo, sumido en lo húmedo, en lo fragoroso. Los niños lo esperaron en el embarcadero. —Si’habrá ido derecho pa’l rancho —dijo uno. —¿Veímos la red? —propuso el otro. —La veímos no más —dijo Venancia—, y si s’enoja, que s’enoje…

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