Aguas abajo

65 con ellos los cercos, o si no en aquella otra aventura, maravillosa, que consistía en atravesar haciendo equili- brios el puente tendido sobre el tajo, pasarela primitiva y peligrosa. Regresaban hambrientos y cansados. Eufrasia tenía lista la comida, que servía Venancia desmañadamente, y luego el hombre daba orden de acostarse. Y estaban los chiquillos tan rendidos, tan absolutamente rendidos con la caminata, el aire y el sol, tan ahítos de comida, que caían como piedras al fondo del sueño, sin que la abuela pudiera obtener de ellos la más mínima informa- ción de lo que habían hecho en el día. Otra vez ganaba el hombre… Y ella allí, como una buena tonta, trabajando el día entero para que «su mer- cé» hallara el pan dorado, el sabroso caldillo, las papas asadas y el agua hirviendo para cebar el mate. Y la ropa limpia y el rancho como una plata… Tonta… Empezó a merodear por los contornos. Hacía si- gilosos viajes por el sendero hasta enfrentar el puente sobre el tajo. Se perdía en la maraña de los árboles, de los arbustos y enredaderas, apareciendo súbitamente frente al rancho, buscando rectas entre el puente y su sitio habitual, bajo el cobertizo del horno. Desahogaba su mal humor en los pájaros, hasta los más chiquitos, tocados siempre por la piedra de su honda. Merodeos sin testigos, porque aguardaba siempre para realizarlos

RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=