Aguas abajo
64 iba a pasar, qué? Nada…, y se encogía de hombros. Algo pavoroso, obscuro y latente la inmovilizaba allí. No sa- bía qué. Miedo a algo impreciso. Un irrazonado miedo. En la siguiente trifulca, otra tarde en que Bernabé les pegó a todos, incluso a ella, sin motivo aparente, sino por satisfacer el hombre aquello que le hurgaba en las manos y que a veces le hacía doler los ijares, Eufrasia le gritó a tiempo de huir: —Ya arreglarís cuentas con el patrón… Y se quedó petrificada al oírlo contestar, mordiendo y ahogándose con las palabras, las manazas colgantes y los ojos perdidos en la carnosidad de los párpados: —El patrón…Cuando me vea…Con agarrar a los chi- quillos y mandarme muar pa otro lado. El patrón…Tanto cuco con el patrón…Que se meta en sus cosas el patrón… Se había hecho costumbre en Eufrasia, ahora que el tiempo estaba despejado, irse a sentar bajo el cobertizo del horno. Llevaba una banqueta, la costura o el tejido, y allí se estaba las horas, solitaria, en espera de que re- gresaran el hombre y los niños, porque también en él se había hecho costumbre llevárselos para el trabajo desde el alba. Lo que a los chiquillos llenaba de holgorio, ol- vidados de los golpes y de las palabrotas en cuanto se trataba de irse por la laguna para atravesar a la montaña frontera o quedarse esperando que picara el salmón o ayudando al padre en la tarea de elegir los árboles que habría de derribar para fraccionarlos y hacer después
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