Aguas abajo
60 lente de claras nubes. Una mañana amaneció el cielo limpio y el sol hizo brillar en quebradizos cristales, en repentinas irisaciones, todo el hielo que el frío escar- chara con la complicidad de la noche. Los niños corrían enloquecidos por la blanca su- perficie resbaladiza. Venancia se estiraba como un gato, con los ojos cerrados, dejando que el sol le recorriera la cara en escorzo. Eufrasia trajinaba presta y silencio- sa. Bernabé estaba lejos, revisando el embarcadero, el puente tendido sobre el tajo y que unía las dos laderas de la montaña por sobre el fragor de las aguas, los cer- cos de palo parado, troncos de árboles fraccionados y enterrados uno junto a otro, en interminables filas para demarcar potreros. Volvió el hombre a media tarde, malhumorado y por excepción comunicativo. —Del muelle han queao tan solo unas estacas. Hay qui’hacerlo too de nuevo. Menos mal que las cercas y el puente no han sufrío mucho. Hay trabajo pa rato con el muelle… Uno de los chiquillos dijo: —¿Me lleva mañana pa la montaña pa que li’ayude, taita? —Y a nosotros tamién…, por favorcito… —dijeron los demás a coro y en el mayor alborozo.
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