Aguas abajo

59 quillos y la Venancia. Para apalearlos si se le antojaba. Para dejarlos sin comer. Iba a aprender la condenada vieja aquella… Se le hizo costumbre pegar a los niños. Por cual- quier cosa. Por nada. Tremendas palizas con sus ma- nazas como martillos. La vieja al principio no quiso in- tervenir. Cuando lo hizo, el hombre la miró enfurecido y le gritó: —Acuérdese cuando le pegaba a la Esperanza… —Ojalá que la hubiera matao entonces. No hubiera vivío la vía e perros que vos le diste, bandío… El hombre avanzó hacia ella amenazante. Pero la vieja se irguió con los ojos tan llenos de llamas de odio, tan dura la boca, tan tremendamente iracunda, que el hombre dejó a medio hacer el gesto. —Anímate a tocarme y verís lo que te pasa… No sabía qué podía pasarle al hombre, capaz de ani- quilarla sin otra ayuda que sus poderosas manos. No sabía el hombre qué podía hacerle de dañino la vieja. Pero el caso es que repentinamente agachó la cabeza, se volvió con los brazos colgantes y abandonó el rancho. Había ganado esta vez. No sabía Eufrasia en gracia de qué. Pero ¿y otras veces? Afuera seguía la lluvia, con las bonanzas más largas y más seguidas. El viento era siempre el mismo, duro y tajante. A veces parecía acallarse, adormecerse en una inesperada tibieza, en una especie de momentáneo re-

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