Aguas abajo

58 silbido del viento en el exterior, Eufrasia se levantó pa- sito, cebó el mate, sacó pan y empezó a ir y a venir como alimaña nocturna con elástica precisión, sirviendo a los niños, silenciosos y encantados con la aventura. La violencia ya no salió del pecho del hombre. Estaba siempre allí, persistente. A veces, en medio de un tra- bajo, en ese revoleo del hacha sobre su cabeza, la sentía tan viva que, desconcertado, con esa tarda compren- sión que era la suya, dejaba de lado la herramienta y se quedaba mirándose las manos, porque allí, como en el pecho, sentía efectivamente que le andaba algo, un hor- migueo que lo impulsaba a empuñarlas y a pegar. Ape- nas hablaba con los suyos. Uno que otro gruñido para dar una contestación. Una o dos palabras para impar- tir una orden. Vivía reconcentrado. Odiaba a la vieja. Odiaba a los hijos. Odiaba al patrón. Odiaba a la Espe- ranza, tan endeble, tan poco hembra, incapaz de resistir un embarazo, incapaz de parir… Y que había muerto dejándolo solo, con la chiquillería y con la vieja… De- jándolo solo, sin mujer, que era lo principal, porque él necesitaba mujer, para eso era hombre, para ayuntarse y tener hijos. Irse a morir la Esperanza… Y aquella vie- ja que le quería quitar los chiquillos. ¿Por qué, si eran suyos? Intrusa… Los chiquillos eran suyos, para que él hiciera con ellos lo que le diera la gana. Todos. Los chi-

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