Aguas abajo
57 Los cinco pares de ojos, azorados y tiernos, se vol- vieron a mirarla. Sonrieron, sacaron los cuchillos, los lavaron y los guardaron de nuevo. —¡A la cama! —insistió el hombre, obsesionado con su idea—. ¡Qué más se demoran! Entraron de soslayo, atropellándose, y desaparecie- ron por la puerta que daba a la habitación en que esta- ban los pequeños catres de campaña y en un rincón el otro más ancho en que dormía la abuela con Venancia. El hombre se puso de pie y se llegó a la puerta de entrada, cerrándola de un golpe que retembló en el ran- cho entero. Se volvió, miró a la vieja, siempre inmóvil, y dijo, a empellones con las palabras: —Ya una vez me salí con la mía. Y me casé con la Es- peranza… No se le imagine que agora se va a salir con la suya y se va a llevar los chiquillos. Los chiquillos se quean en el rancho. La que sobra en el rancho sos vos… Ya lo sabís… —y se volvió a la otra puerta, que marca- ba su dormitorio, donde, pomposamente, campeaba la marquesa, regalo de casamiento de la patrona y orgullo del menaje. La vieja no contestó ni hizo un movimiento. Roía su rencor. ¡Se la había ganado una vez! Bueno: a ver quién ganaba ahora… Pero a la par que tragaba esas migajas acres, estaba atenta a los ruidos que venían del dormi- torio. Cuando se hizo el silencio que justificaba tan solo el crepitar de la leña dentro del rancho y el insistente
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