Aguas abajo

56 rincón, la bombilla en otro sitio. Pero ¿cómo recoger la yerba desparramada? Se volvió a la abuela, que no le dio los ojos, aunque bien sabía que la estaba mirando y que, desesperadamente, la consultaba: en una mano el mate, en la otra la bombilla. Se volvió tímidamente al padre y al fin preguntó: —¿Le cebo otro mate? —No. Y naiden más toma mate esta noche. A la cama toos… Los cinco chiquillos que pelaban papas en el corre- dor, un instante levantaron la cabeza y por la puerta atis- baron dentro, donde ya la noche alquitranaba el cuarto y el fuego ponía la mancha de sus largas lenguas humosas. Uno le dio con el codo a otro y murmuró: —¡Tá p’apaliarlo! —Cállate… —Menos mal que l’agüela… —Cállate… El hombre gritó, como si la violencia lo anegara de nuevo con su corrosivo veneno: —A la cama hei dicho… ¿Que no entienden? Los chiquillos entraron la batea con las papas pela- das, el balde con las papas sin pelar; amontonaron las cáscaras, guardaron los cuchillos. La abuela gritó sin enojo, sorprendiéndolos: —Ya saben qui’hay que lavar los cuchillos. Conde- naos porfiaos…

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