Aguas abajo
55 —¿Y usté se le imagina que va’hallar mujer que que- ra enterrarse en estos andurriales, pa hacerse cargo, más encima, de seis chiquillos? Las cosas… Por el pecho del hombre empezó a crecer la violen- cia, como algo vivo que le anduviera en la sangre, que temblara en sus músculos, que refulgiera en la mirada torva fija en el fuego. —Y usté no es hombre pa pasarse sin mujer. Lo que me parece raro es qu’entuavía no haya salío a buscar alguna. Claro que otra como la Esperanza no va’hallar… La oía sin entender el sentido exacto de todas las palabras, ensordecido por la violencia que ahora le gol- peaba en el cerebro. De repente sintió, sí, la necesidad de hacer algo: remecer el rancho hasta destruirlo, aga- rrar a la vieja y echarla de cabeza a la laguna… Bruscamente una de sus manos se extendió hacien- do saltar el mate que Venancia le ofrecía. —¿Quere callarse? ¿Quere callarse su boca? ¿Quere no meterse en lo que no l’importa? Eufrasia se volvió de perfil, apoyó los codos sobre las rodillas, juntó las manos dejándolas caer casi hasta tocar el suelo y se quedó muda e inmovilizada, con el cigarrillo colgando en un ángulo de la boca, adherido allí, y de pronto marcando la punta roja de su fuego. El hombre movía la cabeza de uno a otro lado, mas- cullando palabrotas, echando aviesas miradas de furor en contorno. Venancia recogió el mate, rodado en un
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