Aguas abajo

54 Bernabé removió la cabeza, tortuosamente en los movimientos y en las ideas. —¿Golverme a casar? —Sí, es claro. Un viudo no sirve pa na. Usté es jo- ven entuavía. Un hombre con rancho tiene que tener mujer propia. —¡ Je! —gruñó, quedándose perplejo. —Ya le tendrá echao el ojo’alguna —continuó la abuela, liando un cigarrillo. —Las cosas… Pero Eufrasia cometió la imprudencia de mostrar sus cartas. —Por los chiquillos no s’aflija. Yo me los llevo pa las casas a toos, a la Venancia tamién, y usté quea librecito, mesmamente que si juera soltero. El hombre terminó despaciosamente de sorber el mate y se lo entregó a Venancia, que, de pie, aguardaba inmóvil. —Los chiquillos son míos y del rancho no se los lle- va naiden. ¡Faltaba más!… —Pa usté sería una ventaja… —Ya le ije que los chiquillos no salen del rancho. ¿Entiende? Eufrasia terminó despaciosamente de liar el ciga- rrillo, agarró las tenazas y sacó un tizón del hogar, ha- ciendo nacer una súbita pirotecnia que iluminó sus fac- ciones de tierra dura y resquebrajada, como de secano.

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