Aguas abajo

61 Eufrasia, sentada en su habitual sitio junto al fue- go, silenciosa y de perfil, apretó los labios, marcando la arista de su disgusto. —A mí tamién, taitita…—agregó Venancia, acercán- dose al hombre, zalamera, risueña porque los hoyuelos estaban siempre allí, en las mejillas marcándose, risue- ña aunque la risa no se dibujara en la boca. Y le rebri- llaban los pequeños ojitos perdidos entre la franja negra de las pestañas, largas y arqueadas. Igual a la madre. —Esperanza… —murmuró el hombre, y se la que- dó mirando con la boca abierta y temblorosa la nuez—. Esperanza…, por Diosito que se le parece, da susto… —añadió como hablando para sí mismo. La vieja, siempre de perfil, lo espiaba de reojo. Los chiquillos y Venancia gritaron a coro: —Nos lleva…, nos lleva… El hombre parecía seguir algo que ocurría en su in- terior. Se miró las manos, donde empezaba a hurgarle la violencia. Las empuñó. Y de repente se echó sobre los chiquillos, espantándolos a golpes que caían indistin- tamente sobre cualquiera de ellos. Sobre Venancia. La niña empezó a sangrar por la nariz, llorando a gritos. Y no atinó a huir como los otros. —¡Válgame Dios! —dijo la abuela, y se alzó a auxiliarla. Pero el hombre se había quedado de nuevo mirán- dose las manos y, también de súbito, sintió que en el pecho algo se deshacía en una tibia avalancha, como si

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