Aguas abajo

51 —Parece que se trajo toas sus pilchas. ¿Qué se le imagina que va a vivir pa siempre en el rancho? —Mientras el patrón no mande otra cosa… El hombre masculló algo y siguió mirando. También era cierto que él, solo con la chiquillería y con aquella Venancia que no sabía hacer nada, tan que- dada para todo, tan sin asunto… Miraba ahora, ceñudo, el candil que la vieja encendía. —No soy gustoso d’esos lujos —dijo atascado con las palabras más que nunca, porque estaba furioso. —Los pago yo —contestó la vieja firmemente. Una semana después vino un recadero de la hijuela Primera. Habían avisado del hospital que Esperanza es- taba gravísima. Partieron ambos, el recadero y Bernabé y días después regresaba el hombre, como si de golpe la cabeza se le hubiera enterrado entre los hombros y los brazos colgantes. Esperanza había muerto. La vida giró por un tiempo en torno a la ausente. Se hablaba de la «difunta», los niños tenían largas confi- dencias con la abuela y hasta el hombre, alguna vez en que el recuerdo lo ahogaba, decía algunas palabras en que volcaba su tristeza. Pero en la abuela el reconstruir lo que había sido la existencia de Esperanza en esos años, hecho a través de las historias interminables de los niños, se convirtió en palos, virutas, estopas, montón al cual ella sentía, con una especie de frío miedo, que en cualquier momento

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