Aguas abajo

52 iba a prender el fuego de su viejo rencor, que era ahora odio por el hombre. Decía un niño: —Allí, en la montaña, ebajo del roble con copigües, enterraba el taita a las guagüitas. O decía Venancia: —Si se lo pasaba encima d’ella y despué era el la- mientarse porque s’embarazaba. Y otro de los niños añadía: —A veces ella lloraba harto y gritaba. ¿Te acordái? —Y la vez que la Venancia jue y le gritó: «Ejela, éje- la, no ve que s’está muriendo». —Y la tunda qu’él le dio. —¿A quén? —preguntó la abuela. —A la Venancia, pus, por intrusa. Eufrasia no hablaba de irse. Bernabé no decía que se fuera. De las casas no había noticia alguna. Empezó el invierno. Viento que bajaba de la cordi- llera, afilado y silbante, cortando las hojas y burlándose de las desnudas ramas de los árboles. No se oía el insis- tente barullo de las cachañas y tan solo algún lento pá- jaro de presa rayaba el cielo con la rúbrica amenazante de su vuelo. Pájaros que no contaban con Eufrasia, su honda y su prodigiosa puntería que los alcanzaba, y era entonces la algarada de los niños buscando el ave muer- ta por valle y montaña.

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